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¿Por qué nos enganchan los gurús?

Voy a comenzar este post con una pequeña confesión doméstica. Cuando me toca hacer tareas de hogar suelo escuchar mientras podcast sobre marketing y comunicación. Muchos son a cargo de esos que llamamos gurús de la profesión. Se ha convertido en el complemento perfecto a la mopa y los productos de limpieza y, además, resulta que siempre sacas algo interesante (más interesante que esta confesión, seguro). En definitiva, cuando te dedicas a lo que te gusta, dicha actividad suele ocupar, de manera transversal, casi todo tu tiempo. Mientras consultas tus perfiles en redes, aunque sean personales, por ejemplo, también estás expuesto a trabajo (ese trending topic, esa youtuber, ese vídeo de cachorritos…). En conversaciones de sobremesa, en los libros que eliges leer, en tus opciones de tiempo libre y, por qué no, mientras hago limpieza.

En fin, al grano. Hace un par de mañanas, mientras me afanaba en alguna tarea que, muy probablemente tendría que ver con quitar pelos de mi perro de algún rincón de la casa, descubrí el podcast de Anita Hales. Sin mirar mucho entre sus contenidos, pinché en el primer audio disponible de la lista, una breve intervención de unos 5 minutos con consejos sobre como mejorar la productividad de tu tiempo. Y de repente, me di cuenta de que uno de esos consejos era justo lo que yo necesitaba. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Ahí estaba la clave. La solución a mis problemas de organización, de falta de ideas durante la última semana para escribir algo medianamente decente, a mi indecisión a la hora de tomar decisiones. ¡Gracias, Anita. Gracias! Seguí escuchando a Anita el resto de la mañana. Algunos de los audios colgados, comenzaban con la voz de un típico speaker de radio americano que la presentaba como “el oráculo del Marketing”. ¡Nada menos que el oráculo! (Oráculo. En la quinta acepción de la palabra en el diccionario de la RAE: Persona cuya opinión se estima mucho por su gran sabiduría).

Por supuesto, solo puse en práctica el consejo de Anita durante un par de días. Ella, con su cara de mamá entrañable a la que quiero abrazar, encarnó esa fuente de sabiduría que, durante 48 horas, me salvó la vida. Y al final ¿qué había dicho Anita? Nada que yo solita no hubiese podido discernir si hubiese puesto mi concentración y trabajo en ello. Ninguna fórmula mágica, te lo aseguro. Solo una pizca de sentido común que cayó sobre mi como una lluvia de verano justo cuando lo necesitaba. Y esa es la clave. Después de analizarlo, descubrí que su mensaje tuvo ese efecto en mi no tanto por el mensaje en sí mismo sino por el estado en el que yo estaba cuando lo escuché. Ese momento de sequía, atasco con dos textos sin terminar, dudas sobre cómo estaba organizando mi trabajo. Esa es la otra confesión que haré hoy: soy vulnerable y necesito que mamá Hales me diga qué tengo que hacer.

Seguro que a ti te ha pasado también alguna vez. No con Anita, claro. Pero con cualquier otro gurú con el que hayas empatizado: por su perfil, por su edad, porque es padre de familia numerosa como tú y además un profesional freelance como tú quieres ser. Al final todos hemos caído alguna vez en la trampa de la fe. De no acercarnos a otros expertos, colegas, compañeros de profesión como seres humanos que están contando una experiencia y que, en un momento dado, nos traslada información que podemos encontrar útil, como herramientas que añadir a nuestro día a día. No. Pasamos la frontera de lo racional a la fe. Cuando esto ocurre estamos perdidos. Nos hemos enganchado.

Cuando tu actividad te apasiona y te dedicas a lo que te gusta, cuando esa actividad recorre de manera transversal todas las facetas de tu vida es fácil, en ocasiones, perder cierta perspectiva. Y oye, a mi me parece bien. No trato de censurar pasiones o enganches. Yo, como seguro que tú, hemos tuiteado la frase iluminada de los gurús de turno, hemos compartido ese mensaje inspirador en nuestro perfil de Linkedin, incluso en algún momento ha estado como nuestro estado de Whatsapp. Seguro. Simplemente, está bien hacerlo sabiendo que estamos otorgando un estatus divino a alguien como tú. O como tú podrías serlo si quisieras.

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