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El valor del error

Llevo algunos días dándole vueltas a la idea de es mantra sobre cometer un error que he leído a tantos de mis referentes de profesión: ‘Fail fast, fail often and fail cheap’. Es curioso como, incluso a gente con inquietud emprendedora (o imprendedora), con afán de superación y con ganas de cambiar el mundo (al menos la parcela de mundo que te rodea, que ya es muchísimo), nos cuesta asumir ese mantra como verdadero. Sí, lo repetimos. Lo escuchamos en muchos eventos y conferencias, lo publicamos en nuestros blogs peeeero… Os confieso que no pienso que lo tengamos verdaderamente interiorizado.

No creo que nos permitamos fallar sin castigarnos de algún modo. Sin sentir que hemos perdido la batalla. Sin notar unos kilitos más de peso sobre nuestra espalda que cada vez nos cuesta más levantar. Sí, puede que estés leyendo esto y pienses que no va contigo. Que ya llevas mucho tiempo cayéndote y levantándote como si nada. Vale, entonces tú no eres como yo.

Estos últimos meses he cometido un error, uno básico además. Uno de esos que aparece en cualquier listado de errores que no debes cometer si tienes un blog. Un error que he cometido conmigo pero que nunca he cometido cuando he trabajado para otros. He dejado mi blog en silencio. Y os aseguro que ha habido muchos días en estos meses en los que me he castigado por ello. Independientemente de las circunstancias personales o profesionales que nos hagan tener más o menos tiempo que dedicar a nuestro blog, está claro que contar con un espacio como este implica asumir un compromiso. Un compromiso con los lectores o la comunidad a la quieras dirigirte pero también, en mi opinión, un compromiso con uno mismo.

Efectivamente, nunca he cometido este error para ningún empleador o cliente. Entonces, ¿es que mi trabajo personal vale menos? ¿Es que mi marca digital merece estar siempre en el último lugar de la larga lista ‘To do’ de cada día? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, siento decirte de lo mejor sería que no tuvieras un blog personal. Yo he cometido un error pero, ¿sabes qué es lo mejor? Que ya había cometido otros muchos errores antes de este.

Me lancé a la aventura de emprender en un negocio de comunicación cultural hace una década (sí, justo en los albores de la crisis) y me salió mal. Y pensé que nunca más querría emprender nada. Y no ha sido así. Y también me he equivocado con mis equipos, con gente a la que quiero pero con la que no han salido bien las cosas. Y pensé que nunca más querría liderar un proyecto. Y no ha sido así. Cometiendo esos errores he empleado tiempo, dinero y emociones que, a día de hoy, puedo afirmar que no fueron tirados a la papelera. Y eso que muchas cosas salieron mal. Y me castigué por ello. Pero todo ese trayecto me ha permitido aprender. Sin lugar a dudas, la materia más valiosa de la que está construido un error es precisamente la lección que queda cuando todo pasa.

La materia más valiosa de un error es la lección que nos queda cuando todo pasa. Click Para Twittear

Así que aunque mi educación, mi cultura o mi sociedad me hayan enseñado a castigarme cada vez me cuesta menos levantarme. Prueba a equivocarte de manera consciente. Analizando tu error. Viéndote a ti mismo caer para saber en qué piedra has tropezado y cómo puedes hacerlo mejor la próxima vez. Te aseguro que desterrarás de tu vocabulario términos absolutos. No volverás a decir: “esto no me va a pasar NUNCA más”. Porque sabes que volverás a caer pero te volverás a levantar.
Y si no te apetece siento decirte que no hay otra manera…
Y ahora, os dejo, que tengo que programar mi calendario para las próximas publicaciones de este blog.

(Ilustración incluida en el libro #Lidertarios, de Fernando Polo y Juan Luis Polo).

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One Comments

  • Rocío

    8 julio, 2016

    ¡Cuánta razón! Muchas veces parece que nuestras “cositas” tienen menos importancia justamente porque son nuestras y parece que podamos controlarlas más fácilmente cuando queramos. Pero sabemos que no es así. Sabemos, gracias a los fantásticos errores, que no es ni debería ser así. Está muy bien que se nos recuerde de vez en cuando, ¡gracias!
    ¡¡Y viva la planificación!!

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